relaciones sino
en la personalidad de estos sujetos; es decir, el dependiente emocional
lo es también cuando no tiene pareja, aunque esto no sea lo más
habitual porque su patología provoca que busque otra desesperadamente.
Quienes están
envueltos en una relación de pareja de este tipo creen que no
existen sin el otro, porque no poseen una vida íntima e individual,
todo lo proyectan o lo disfrutan si están en compañía.
Por ello, tienen sentimientos posesivos y deseos de exclusividad.
Cuando la pareja
es codependiente, se encierra y tiende a aislarse de los demás.
Hombre y mujer están mutuamente volcados el uno en el otro, situación
que por un tiempo puede traerles felicidad. Sin embargo, siempre uno
de los dos será menos dependiente, por lo que cuando exija un
poco de aire, el otro se sentirá traicionado y sufrirá
mucho. Para las personas más independientes tampoco es tan fácil,
porque están cuidando continuamente de no dañar a su pareja,
lo que al final sólo provocará rabia, y -después
de un tiempo- terminarán alejándose o rompiendo la relación.
Una persona que
sufre de dependencia afectiva padece de un eterno terror a ser abandonada,
lo que la lleva incluso a controlar todo lo que hace su pareja. Piensa
que su vida no tiene sentido sin el otro y es capaz de dejar todo por
estar a su lado.
Dos aspectos característicos
emergen de la definición: en primer lugar, que la necesidad es
excesiva y que por tanto no se reduce a la propia de una relación
amorosa; en segundo lugar, que dicha necesidad es de carácter
afectivo y no de otro tipo (pensemos en el clásico “trastorno
de la personalidad por dependencia”, en el que la indecisión
y la sensación de inutilidad o desvalimiento personal es lo que
une a la persona de la cual se depende).
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