Las
parejas que inician sus trayectos tejen planes, se juran amor eterno,
se prometen cumplir con sus sueños, apoyarse en las aspiraciones
de cada uno y se comprometen también a mantener un compromiso
de fidelidad. Aunque de esto se habla menos que de los puntos anteriores
porque la fidelidad se da por sabida y por sentada. Después de
todo, quienes se casan hacen una apuesta fuerte: eligen a su pareja,
optan por la monogamia y por un compromiso de lealtad.
El diccionario define
a la fidelidad como "la exactitud en cumplir con un compromiso:
constancia en el cariño". Esta definición merece
leerse atentamente. Si la fidelidad es, entre otras cosas, constancia
en el cariño, ¿se puede prometerla?
El cariño es un sentimiento. Como el amor, como la gratitud,
como el odio, como la tristeza, como la dicha. La intimidad de los sentimientos
es muy compleja, el modo en el que nacen y se expresan, los caminos
por los cuales se alimentan o agonizan, las razones de su florecimiento
o de su desaparición son misteriosas y, a menudo, tan insondables
como el alma de las personas que sienten. Los sentimientos no son impulsos
automáticos, no se disparan en el momento en el que uno los desea,
no responden a una receta que los hace repetirse siempre igual, no se
pueden extraer y poner a funcionar en el momento en el que una persona
se lo propone.
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